YO, MUJER

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Es martes.

Acabo de salir de una ducha con agua caliente, de esas que parecen deshacer lentamente las tensiones que el día deja escondidas en el cuerpo. El vapor aún flota en el aire y la piel conserva ese calor suave que recuerda, de algún modo, a un abrazo. He respirado despacio, varias veces, como si necesitara volver a habitar mi propio cuerpo con calma.

En mi spotify suena Phil Collins, Another Day in Paradise. Y yo estoy enrollada en la toalla, sentada en la cama, mirando a ninguna parte, solo dejándome atrapar por la melodía. Hay música que simplemente acompaña… y hay música que te llena.

Hay canciones que no solo se escuchan, sino que te atraviesan, que te transportan a un lugar íntimo donde el tiempo parece detenerse por un momento. Canciones que te hacen sentir extraña y, al mismo tiempo, profundamente en casa dentro de ti misma. Me encanta la música de los 80’

Y hoy, en este martes insípido, con el cuerpo tibio y la casa en silencio, me descubro observando una sensación que llevo tiempo sintiendo. Una sensación que no apareció de golpe, sino que ha ido creciendo poco a poco, como esas mareas interiores que cambian sin que una se dé cuenta exactamente del momento en que lo hicieron.

Es una especie de necesidad de cariño, de ternura, de olor a piel con piel, de abrazos….

Como si mi cuerpo —con una sabiduría más antigua que cualquier pensamiento— estuviera buscando calor, buscando esa forma silenciosa de cuidado que aparece cuando alguien te mira y se alegra de que existas.

A veces me pregunto si esta necesidad surge porque, en algún punto del camino, la energía se va gastando. O la lucha interna cesa. Todos damos mucho a lo largo de la vida: sostenemos, acompañamos, pensamos, trabajamos, cuidamos de otros, cuidamos del mundo que nos rodea…

Y quizá llega un momento en que el alma también necesita ser sostenida.

Porque el amor, cuando es genuino, tiene algo profundamente reparador. Es una energía que ordena el interior de las personas. Que calma el sistema nervioso. Que devuelve una sensación muy básica de seguridad y de pertenencia.

Que alguien se preocupe por ti, que alguien te sonría, que te abrace por la noche, que pronuncien tu nombre con alegría. Y no siempre debe ser una pareja, estoy hablando del amor entre humanos.

Son gestos pequeños, casi invisibles… pero tienen una fuerza extraordinaria, aunque normalmente vengan en un envoltorio de humildad. 

Y así, muy despacio la sensibilidad ha ido creciendo en mi, en dias en los que me he sorprendido imaginando cómo habría sido mi vida si hubiera tomado otros caminos. Me he visto, casi como si fuera una escena de otra existencia posible, siendo madre. En una casa tranquila, lejos de la urbe, con un delantal puesto, horneando algo que inunda mi salón de un olor a hogar, mientras la tarde entra por la ventana. Una larga mesa de madera donde dar y recibir…

Y lo curioso es que, cuando imagino esa escena, no me veo esclava. Me veo sostenida.

Me veo habitando una vida serena, con una belleza doméstica muy profunda, como esas mujeres de las películas americanas de los años cuarenta o cincuenta. Mujeres de una elegancia natural, de una feminidad poderosa que no necesitaba imponerse para existir.

Siempre me han fascinado. Tan preciosas, dulces y picantes a la vez… 

Tenían algo muy particular: una mezcla de suavidad y fortaleza, de delicadeza y dignidad. Había en ellas una presencia silenciosa, una forma de estar en el mundo que parecía profundamente arraigada en su propia esencia.

Eran mujeres bellas, sí. Pero sobre todo eran mujeres completas.

Hoy, en un tiempo donde todo parece estar impregnado en discursos de odio, absurdez, posiciones y confrontaciones constantes, a veces siento que se ha olvidado algo muy esencial: que la energía femenina no necesita renunciar a su naturaleza para ser fuerte.

La feminidad no es debilidad. Es profundidad.

Es capacidad de nutrir la vida, de crear belleza, de sostener el mundo emocional de quienes la rodean, de transformar espacios en hogar y momentos en memoria.

Yo siempre he sido una gran amante de la soledad. El silencio, la escritura, las horas donde nadie interrumpe el diálogo íntimo con uno mismo. Esa soledad fértil donde el pensamiento se ordena y el alma encuentra su propio ritmo.

Pero amar la soledad no significa vivir aislada del amor. No significa que el corazón tenga que cerrarse para proteger su espacio interior.

Quizá lo que estoy sintiendo ahora sea simplemente una transformación. Una forma distinta de comprenderme. Como si algo dentro de mí estuviera moviéndose lentamente hacia otro lugar.

No lo siento como carencia.

Lo siento como conciencia.

Como si una parte de mi vida estuviera terminando de cerrar un ciclo… mientras otra empieza a abrirse con una suavidad casi imperceptible.

Y quizá todo esto sea simplemente el corazón recordando algo muy básico: que los humanos nos alimentamos de amor.

De abrazos. De ternura. De presencia.

Quizá reconocer esa necesidad no sea un signo de debilidad.

Quizá sea, simplemente, una de las formas más honestas de estar viva. 

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