Hoy me han despertado con una noticia de esas que al principio una no termina de entender, aunque la esté escuchando perfectamente. Uno de mis angelitos se ha marchado.
Y cuando pasa algo así, al menos a mí, la realidad no me entra de golpe. Es raro. La escucho, me afecta, claro que me afecta, pero durante un rato es como si no estuviera pasando del todo aquí, en mi vida, sino en otro sitio. Como si lo estuviera viendo a través de una pantalla. Como si alguien me lo estuviera contando desde muy lejos. Sé lo que significa, pero todavía no lo siento entero.
Luego el cuerpo empieza a enterarse.
Poco a poco voy digiriéndolo, voy pensándolo más, y entonces sí. Entonces ya no hay distancia. La tristeza baja. El miedo también. Se me pone duro el vientre, noto otra vez esa contracción tan conocida, como si el cuerpo tuviera memoria de todo lo que una ha vivido y solo necesitara una noticia así para abrir una puerta que ya conocía de sobra. La lengua vuelve a dolerme. Me entra un cansancio extremo, de ese que no tiene nada que ver con haber dormido más o menos, sino con algo mucho más hondo, más antiguo, más difícil de explicar. Se me entumecen los músculos, me duelen los huesos, y siento que una parte de todo lo vivido vuelve a mí de golpe, como si el miedo me removiera por dentro desde los cimientos.
Porque no se ha ido alguien cualquiera. Se ha ido una paciente mía. Una mujer a la que he acompañado durante todo su trayecto. Durante su enfermedad. Durante sus días buenos y sus días imposibles. Durante ese camino en el que las dos sabíamos, en el fondo, hacia dónde miraba todo, aunque durante mucho tiempo consiguiéramos retrasarlo. Tanto, que por momentos parecía que la parca se había despistado, que tal vez se iba a olvidar de ella, que quizá, con amor, con presencia, con lucha, con cuidados y con fe, aún podríamos seguir robándole tiempo al tiempo.
Y quizá por eso hoy todo me golpea de una manera tan animal.
Porque cuando acompañas a alguien así no solo presencias una enfermedad. Presencias una forma de resistir, una forma de esperar, una forma de temer, una forma de sostener la vida incluso cuando la vida empieza a ponerse seria. Y aunque una se prepare, aunque lo sepa, aunque lo intuya, aunque lleve meses conviviendo con esa posibilidad, la llegada real de ese momento siempre tiene algo irreal, algo brutal, algo que no termina nunca de parecer posible. Es el lado oscuro de mi profesión y del vínculo que me permito sentir con mis pacientes, que se convierten en parte de mi vida.
Además, hay algo que me atraviesa de una forma especialmente difícil. Ella tenía solo dos años más que yo. Y su cáncer, en muchos sentidos, se parecía demasiado al mío. Supongo que por eso esta muerte no se queda fuera. No la miro solo como quien acompaña una despedida ajena. Hay algo en ella que me toca en una zona muy profunda, porque me recuerda que la distancia entre la vida y la muerte a veces es mucho más pequeña de lo que queremos creer. Y entonces no solo me duele su marcha: también me remueve ese pensamiento oscuro de que el próximo día podría ser yo.
Y eso me deja temblando por dentro.
No desde el drama, sino desde un lugar mucho más verdadero. Desde ese rincón donde una entiende de golpe que la muerte no siempre les pasa a otros, que no distingue entre quien todavía tiene planes, entre quien aún no estaba preparado, entre quien pensaba que le quedaba mucho por vivir. Hay noticias que no solo rompen el corazón: también resquebrajan la sensación de seguridad con la que una intenta moverse por el mundo.
Y junto a la tristeza aparece otra cosa. Una pregunta que duele. Una de esas preguntas que no alivian, pero vuelven una y otra vez.
A veces pienso si yo podría haber hecho más.
Si tendría que haber insistido más, o si debería haber empujado con más fuerza en ciertas direcciones, puede que alejarla de la lógica y llevarla hacia las profundidades del alma… a que trabajara su espíritu, para que no dejara todo el poder de su curación únicamente en manos del hospital, para que entendiera que dentro de ella también había una parte decisiva, una fuerza que necesitaba ser llamada, alimentada, despertada.
Muchas de las cosas que a mí me funcionaron, a ella también le ayudaron. Pero otras no. Y en el fondo creo que no era solo por el cuerpo. Era porque nunca terminó de poner fe. Era una persona bastante escéptica. Muy buena, tan buena que a veces no se creía merecedora de ser especial, era alguien espectacular, de verdad. De esas personas que tienen algo bonito dentro. Pero no confiaba en sí misma. No creía de verdad en su propia fortaleza. Y eso me rompe un poco el alma, porque yo sí la veía fuerte. Yo sí veía en ella una grandeza que quizá ni ella misma alcanzó a reconocer nunca. Y me da mucha pena, que se haya ido sin reconocerse… y de no haber sido capaz de mostrárselo.
Y con esto, no digo que todo sea energético. Claro que sé que no todo depende de nosotras, sé que hay límites, que hay procesos, que hay desenlaces que ninguna voluntad humana puede frenar eternamente. Lo sé. Lo sé con la cabeza. Pero el corazón no siempre razona igual. El corazón vuelve a ese lugar donde se pregunta si había otra palabra, otra insistencia, otra manera, otro momento en el que quizá se podría haber abierto una puerta más.
Supongo que esa es una de las partes más crueles de acompañar: que cuando alguien se va, una no solo llora la pérdida. También revisa cada gesto, cada conversación, cada intuición, cada silencio. Y siempre aparecen pequeñas culpas, aunque una haya hecho todo lo que estaba en su mano. Todo esto me pilla en un momento en el que ya no me siento suficiente y la sombra se adueña de mi.
Gracias a Dios he aprendido a vivir con esa parte de mí. He aprendido a reconocerla cuando aparece. He aprendido a decirle hasta dónde puede llegar. Sé que existe, sé que me habita, sé que a veces vuelve, pero ya no le dejo que me lo invada todo. Y quizá precisamente por eso hoy, en medio de la tristeza, también puedo ver algo más.
La muerte da muchísimo miedo. Desde hace unos años para mi es el sinónimo de descanso, cuando tu cuerpo y tu mente vive inmersos en el dolor, os prometo que deja de asustar y empieza a ser la casilla de salida. Es una idea que me confronta con el desagradecimiento humano, con todo lo frágiles que somos, con lo poco que controlamos, con lo rápido que puede cambiarlo todo. Pero también me ha enseñado algo que no sé si habría aprendido de otra manera: a mirar la vida desde unas alturas que no todos serán capaces de ver. Visión de halcón.
A veces creo que la muerte tiene una parte terrible, pero también una parte profundamente reveladora, es muy sabia si sabes entendenderla. No porque tenga nada de bonito perder a alguien, sino porque de repente te coloca delante de lo único que de verdad importa. Te limpia el ruido. Te deja sin excusas. Te recuerda que lo valioso no era casi nada de eso con lo que nos obsesionamos cada día.
Lo valioso era encontrarte bien.
Dormir tranquila.
Tener salud.
Despertarte y poder respirar sin angustia.
Tener a alguien bonito al lado.
Poder llamar a alguien y sentirte en casa.
Reírte.
Tener un proyecto que te encienda por dentro.
Sentirte querido.
Decir “te quiero” a tiempo.
Poder acompañar.
Poder estar.
Algo que para muchos parece simple y vacio, vivir. Yo desde hace semanas me encuentro bien y estoy empezando a recuperar energia y me levanto muchos días con ganas de llorar de emoción. No sabéis lo que es sentirse bien cuando has estado muy mal.
Y de repente todo eso, que a veces parece pequeño, se vuelve enorme. La vida se vuelve algo inmenso y digno de vivir.
Y de repente te recuerdan que te vas a morir, como dice mi apreciado Diego Dreyfus, TE VAS A MORIR. Asi que procura vivir. Hoy pensaba mi niña y no podía dejar de preguntarme cosas. Si lo habrá notado. Si habrá sentido que algo se apagaba. Si habrá tenido miedo. Si habrá sido feliz de verdad. Si habrá disfrutado de las cosas buenas. Si habrá podido descansar. Si al final Dios, que sabe más que todos nosotros juntos, simplemente decidió que ya había sufrido bastante y que no quería verla pasar por más dolor.
Supongo que me aferro un poco a eso.
A pensar que todo tendrá un sentido, aunque yo no lo vea.
A creer que existe una escala de valores más alta que la nuestra, una inteligencia más sabia, una mirada que abarca lo que nosotras no alcanzamos a entender desde aquí abajo.
Porque si no, hay preguntas que pesan demasiado. Y en mi mente de TDAH, me podrían hacer tambalearme…
Y a veces esas preguntas, en lugar de traer paz, me dan todavía más miedo.
¿Por qué ella?
¿Por qué así?
¿Por qué algunas personas luchan tanto y aun así se van?
¿Por qué unas se quedan y otras no?
No siempre tengo respuesta. Y no quiero inventármela, hay cosas que he aprendido a aceptar que no puedo saber el porque. Solo sé que hay días en los que la fe no te quita el dolor, pero al menos evita que te hunda del todo dentro de él.
También hay otra verdad que hoy me cuesta escribir, pero que siento cada vez con más claridad: no sé si ya estoy preparada para seguir acompañando a pacientes de oncología.
Me parte el alma reconocerlo, porque acompañar ha sido una forma de amar, de servir, de sostener. Pero perder a la gente así, una y otra vez, deja un desgaste que no siempre se ve desde fuera. A veces una se cree fuerte, profesional, entrenada para sostener lo difícil, y de pronto se da cuenta de que por dentro ya no le queda la misma fuerza de antes. Que hay despedidas que no solo duelen: te vacían. Y yo, sinceramente, ya no sé si tengo cuerpo para seguir perdiendo a más gente de esta manera, porque reabre heridas en mi.
Eso me rompe el corazón.
Porque cada historia deja huella. Porque cada lucha compartida se queda a vivir dentro de mí durante mucho tiempo. Y llega un punto en que una ya no sabe si seguir siendo sostén para otros o empezar, por fin, a proteger un poco más lo que le queda dentro.
Y así, como un torrente llegaste a mi vida, con tu desorden y tus locuritas y de la misma forma te vas dejando mi corazón desordenado.
Amiga te escribo llorando, aun sabiendo que prometimos no hacerlo, con una tristeza que pera pero una gratitud y un amor más grandes.
Por el tiempo compartido. Por cada conversación, por cada tramo del camino, por la confianza, por la cercanía y por todo lo vivido en esto años en los que pude acompañarte. También por haber tenido la oportunidad de estar ahí de verdad, aunque me arrepiento de no haber estado más cerca en los últimos meses, ojalá te hubiera aliviado más, te hubiera abrazado más fuerte, ojalá reírnos una vez más de tu oncólogo y sus andares. Te voy a extrañar y solo espero que te hayas ido sin miedo y con la sensación de tener el alma tranquila y el corazón lleno.
Le doy gracias a la vida por haber cruzado nuestros caminos. Incluso a esta sacudida tan dolorosa, porque vuelve a poner delante de mis ojos una verdad que no quiero olvidar jamás: seguir aquí es un privilegio. No quiero olvidarlo ni permitir que nadie que viva cerca mío no lo haga desde el respeto por la vida.
Tenemos un regalo llamado vida, es precioso y es frágil, incierto, a veces exigente, a veces atravesado por el dolor, pero increíblemente valioso.
Pienso mucho en las personas que atraviesan experiencias así y se quiebran por dentro hasta el punto de dejar de reconocerse. Personas que, agotadas de sufrir, empiezan a soltarse de sí mismas. Personas para las que el mundo, durante un tiempo, pierde forma, sentido y hasta refugio. Y las comprendo, porque yo también he rozado ese lugar. También he conocido esa penumbra en la que todo parece vaciarse por dentro. También he sentido el miedo de no saber si iba a poder con lo que tenía delante. Me genera ansiedad pensar que hay alguien por ahí viviendo algo así sin saber que, incluso en medio de esa oscuridad, la vida conserva algo sagrado.
Conserva la posibilidad de amar con más verdad, de cuidar mejor a quienes tenemos cerca, de rectificar, de agradecer, de mirar con más humildad, de abandonar la queja como costumbre y elegir una forma más limpia de estar en el mundo. Mientras respiramos, sigue existiendo la oportunidad de volvernos más conscientes, más compasivos, más humanos.
Quizá por eso hoy siento con tanta claridad que la muerte no solo viene a hablarnos del final. También nos enfrenta a una pregunta mucho más incómoda y mucho más importante: qué estamos haciendo con el tiempo que se nos ha dado.
Y hay preguntas que no consuelan, pero despiertan. Esta, desde luego, es una de ellas.
Tequiero princesa, allá donde estés, espérame, volveremos a reír juntas
