DECISIONES

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Hay decisiones que duelen incluso cuando son inevitables.

No porque sean erróneas, sino porque arrancan capas, identidades, versiones de nosotros mismos a las que ya no podemos volver.

Antes del cambio siempre llega la catarsis: ese vacío cegador que lo invade todo, que apaga los colores, que se filtra en cada rincón hasta teñirlo de gris y dejar un poso amargo, espeso, difícil de nombrar.

Todo sucede en un instante.

Como un Big Bang.

Como Hiroshima.

Como el fin del mundo.

Ese segundo exacto en el que comprendes que lo único que no encaja en la vida que imaginabas… eres tú.

Y no hay escapatoria elegante para ese descubrimiento. Solo verdad.

Ahí comienza el crecimiento real.

Porque el nivel de expansión que una persona puede alcanzar es directamente proporcional a la cantidad de verdad que es capaz de aceptar sobre sí misma sin enfadarse, sin justificarse, sin huir.

Mirarse sin anestesia es un acto de valentía silenciosa.

Si vas a sobrepensar, porque a veces lo harás, hazlo imaginando escenarios donde todo sale bien.

Enséñale a tu mente que también existe la posibilidad, no solo el peligro.

El pensamiento puede ser una cárcel o un ensayo general para la esperanza.

La única puerta que se cierra y no vuelve a abrirse es la del ataúd.

Todo lo demás tiene solución.

Y mientras la buscas, sonríe. Vibra alto.

No por ingenuidad, sino por responsabilidad emocional.

La vida va de frecuencia.

De lo que emites cuando nadie te mira.

De cómo ocupas el espacio que habitas.

No es romanticismo barato ni autoengaño espiritual: es ley.

Busca la frecuencia de la tristeza y la ira.

Observa su peso, su densidad.

Y luego mira, al otro extremo, el amor y el agradecimiento.

No son conceptos etéreos: son estados que ordenan o desordenan tu mundo.

No te enfades por tonterías.

Ni por orgullos heridos, ni por miedos heredados, ni por fracasos necesarios, ni por expectativas que nunca fueron tuyas, ni por apegos que ya cumplieron su función.

En ese enfado se te escapa lo único verdaderamente irrecuperable: la vida.

Tenemos un cajón lleno de recuerdos.

Pero no podemos hacer nada con ellos salvo decorar las paredes de la mente.

No eres lo que fuiste.

Eres el tiempo que te queda.

Y lo más inquietante, y a la vez sagrado, es que no sabes cuánto es.

Eso me lo enseñó la enfermedad.

Me lo enseñó la angustia del no saber, del vivir con el reloj sin números.

El ser humano es curioso: cuando se relaja, olvida.

Olvida rápido.

Hasta que la vida, paciente y feroz, vuelve a enseñarle la lección.

Y no, no es que Dios o el universo te odien.

Te hiere repetir decisiones que sabes perfectamente a dónde conducen.

A ninguna parte.

A la zona cero, donde no hay avance ni aprendizaje, solo repetición.

Así somos.

Así es.

Somos desagradecidos por naturaleza.

Cuanto menos vemos, cuanto menos abrimos los ojos, más desgraciados nos sentimos.

Y, sin embargo, hay verdades tan simples que desmontan cualquier drama:

Lava los platos sonriendo.

Si están sucios es porque hubo alimento en la mesa.

¿Más claro?

Mientras tanto, perdemos momentos que podrían haber sido extraordinarios.

Acumulamos enfados vacíos, ruido mental, basura emocional.

Y entonces aparece la pregunta incómoda, la que no se puede esquivar:

¿Recuerdas cuándo fue la última vez que te reíste a carcajadas?

De esas que te duelen en la barriga y te reconcilian con estar vivo.

Yo sí.

Y siempre es una buena señal.

Si no lo recuerdas, es la primera alerta.

No estás donde debes estar.

De todas las lecciones que la vida me está enseñando, hay una que se impone por encima de todas:

hay decisiones que deben tomarse, cambios que deben suceder, miedos que deben enfrentarse, soledades que deben sostenerse, lágrimas que deben derramarse.

Y también hay nuevos comienzos que, de alguna manera, tienen que florecer dentro de nosotros.

Aunque no sepamos cómo.

Aunque duela.

Porque incluso cuando creemos que no seremos capaces de soportar algo, el tiempo, siempre el tiempo, se encarga de demostrarnos que somos más fuertes de lo que pensábamos

y mucho más valientes de lo que jamás imaginamos.

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