RECONOCER PARA RECONOCERTE

Hay verdades que tardan años en llegar porque no dependen únicamente de entenderlas, sino de estar preparada para mirarlas sin las trampas del ego, sin las excusas que utilizamos para protegernos y sin esa costumbre tan humana de considerar eterno todo aquello que permanece demasiado tiempo a nuestro lado. A veces creemos que valoramos a las personas porque las queremos, pero querer no siempre significa saber mirar; se puede amar profundamente y, al mismo tiempo, acostumbrarse tanto a la presencia del otro que su entrega termina formando parte del decorado habitual de nuestra vida. Entonces dejamos de preguntarnos cuánto esfuerzo hay detrás de cada gesto, cuánto tiempo ha tenido que reorganizar esa persona, cuánta energía ha gastado en sostenernos o cuántas veces decidió quedarse cuando habría tenido razones de sobra para apartarse. No ocurre por maldad ni por falta de amor, sino porque el ser humano tiene esa extraña facilidad para dejar de percibir aquello que sabe que encontrará mañana en el mismo sitio.

Hoy he pensado mucho en esto, quizá porque, a pesar, de estar en un gran momento profesional, mi salud y mi mente siguen siendo frágiles y en este momento se resienten. Hay que reconocer que hay días en los que una se encuentra demasiado cansada para seguir fingiendo ante sí misma que todo está bajo control. Cuando llevas mucho tiempo tirando de la cuerda, intentando sostener demasiadas cosas al mismo tiempo y convencida de que eres capaz de resolverlo todo porque siempre lo has hecho, llega un momento en el que el cuerpo, la cabeza y el alma empiezan a pedir una tregua. En ese punto desaparecen muchos adornos, se deshacen algunas certezas y también se vuelven más evidentes determinadas presencias que en épocas más luminosas pasaban desapercibidas. No porque no estuvieran allí, sino precisamente porque siempre lo estuvieron.

En mi vida esa presencia tiene un nombre y una historia que empezó mucho antes de que yo aprendiera a reconocerla de verdad: mi hermana.

Ella es una persona con muchísimo criterio, bastante juiciosa y con una capacidad extraordinaria para formarse una opinión clara de casi cualquier situación, la raíz de esas opiniones suele ser muy acertada. Si algo no le gusta, lo sabe; si considera que estás equivocándote, lo ve, y probablemente antes que tú. Sin embargo, conmigo siempre ha tenido una especie de indulgencia que nunca he sabido explicar demasiado bien, como si al tratarse de mí pudiera colocar durante un tiempo sus juicios en un cajón y elegir primero ayudar. No porque no tenga una opinión, ni porque carezca de carácter, ni mucho menos porque apruebe todas mis decisiones, sino porque conmigo ha entendido muchas veces algo que yo misma he tardado años en aprender: acompañar a alguien no significa darle la razón.

Ha habido momentos en los que yo sabía perfectamente que me estaba equivocando y ella también lo sabía. Hubo decisiones que seguramente no habría tomado jamás en mi lugar, caminos que desde fuera resultaban evidentemente torcidos y situaciones en las que habría sido muy sencillo utilizar la razón como una forma de superioridad. Sin embargo, no lo hizo. Pero no convirtió mis errores en una oportunidad para demostrarme que ella tenía razón. Nunca necesitó colocarme delante un espejo mientras yo todavía estaba intentando comprender lo que veía. Me permitió recorrer caminos que quizá habría querido evitarme porque entendió que había aprendizajes que nadie podía hacer por mí, y cuando finalmente llegaba el golpe, cuando aquello que ella intuía se hacía realidad y yo terminaba en el suelo, no aparecía con un “te lo dije”, simplemente estaba alli, dispuesta a ayudarme sin decir nada.

Con el tiempo he comprendido que probablemente esa sea una de las formas más difíciles y más puras de querer. Es relativamente fácil estar al lado de alguien cuando compartimos su manera de pensar, cuando sus decisiones nos parecen sensatas y cuando su vida avanza de acuerdo con el guion que nosotros mismos consideraríamos correcto. Lo verdaderamente complejo es sostener el cariño cuando no compartes el camino del otro, respetar su libertad sin desaparecer y permanecer suficientemente cerca para ayudarlo si un día se rompe. Ella ha hecho eso conmigo muchas más veces de las que seguramente merecía y seguramente por esa razón, terminé incorporándolo a mi vida como si fuese una consecuencia natural de ser hermanas. De las costumbres se hacen leyes.

Yo la he ayudado mucho y ella a mí, cuando vives cierta experiencia, el vínculo va más allá de ser hermanas. Pero la realidad es que yo soy tripas y ella es cerebro. Esa es quizá la parte que más me incomoda reconocer, porque durante años he sabido agradecer muchas cosas, he hablado de personas que dejaron huella en mí, he reconocido maestros, amistades, parejas, vínculos y encuentros que en determinados momentos fueron importantes, pero no estoy segura de haber expresado con la misma intensidad la gratitud hacia la persona que estuvo más cerca cuando mi vida se volvió realmente difícil. Y cuando digo cerca no hablo de una llamada ocasional, de una visita o de un gesto puntual, que tampoco soy ejemplo de ello; hablo de alguien que llegó a alterar su propia vida para acompañarme, en mi peor momento, cuando más enferma he estado, ella lo dejó todo, nunca lo ha recriminado.

Ahora, cuando lo miro con distancia, me cuesta comprender cómo algo tan grande pudo terminar convertido durante tanto tiempo en una especie de verdad silenciosa entre nosotras. Quizá porque dentro de una familia existen sacrificios que se normalizan con demasiada facilidad, como si compartir sangre otorgara una obligación automática de cuidar, de estar disponible y de renunciar a partes de tu vida cuando otro lo necesita. Pero nadie nos debe algo así. Ningún apellido obliga a nadie a entregarte un año de su existencia, a acompañarte en los momentos más difíciles, a reorganizar sus propios planes alrededor de tus necesidades o a convertir tu dolor en una prioridad. Que alguien lo haga no debería entenderse como “lo normal”; debería entenderse como una forma extraordinaria de amor.

Creo que ese ha sido uno de mis grandes errores: acostumbrarme tanto a ella que en algún momento pude llegar a confundir su constancia con una obligación. No significa que no haya valorado lo que ha hecho por mí ni que no haya sabido siempre que ocupa un lugar irreemplazable en mi vida, pero pensar algo no equivale a decirlo. Tenemos una tendencia absurda a dar por hecho que quienes nos quieren saben perfectamente lo importantes que son, como si pudieran entrar en nuestra cabeza y escuchar todo aquello que nunca pronunciamos. Confiamos en que los años compartidos, los gestos cotidianos y una determinada complicidad sean suficientes para traducir lo que sentimos, cuando en realidad hay palabras que deberían decirse en voz alta mientras todavía estamos a tiempo. Este es el mensaje que quiero transmitir, pon conciencia en tu historia y pon corazón y voz a aquellos que están.

La realidad es, que si observo mi propia historia con honestidad, encuentro algo que todavía me remueve más. Muchas partes de la persona en la que me he convertido empezaron, de alguna manera, con pequeños movimientos que ella hizo sin saber hasta dónde iban a llegar. Fue mi hermana quien prácticamente me empujó a empezar yoga y, aunque en aquel momento ninguna de las dos podía imaginarlo, aquella decisión terminó abriendo una puerta que me llevaría hacia el Ayurveda y hacia una manera completamente distinta de comprender la vida, el cuerpo, la salud y la mente. A veces creemos que nuestra biografía está construida por grandes decisiones, cuando en realidad muchas veces cambia por gestos diminutos que en su momento parecían insignificantes. Con los años, cuando miras atrás y unes los puntos, descubres que algunas personas colocaron semillas en tu camino mucho antes de que tú supieras que algún día acabarían convirtiéndose en árboles.

Quizá la conciencia funcione precisamente así. Mientras avanzamos estamos demasiado ocupados sobreviviendo, deseando, buscando, luchando o intentando llegar a algún lugar, pero cuando finalmente nos detenemos y miramos lo recorrido empiezan a aparecer conexiones que antes no veíamos. También aparecen errores, idealizaciones y algunas verdades incómodas. Yo he romantizado personas y vínculos, he entregado una importancia enorme a determinadas historias porque en aquel momento necesitaba creer que eran extraordinarias, y he buscado amor en lugares complejos, intermitentes o lejanos mientras una forma mucho más constante y silenciosa de amor estaba instalada a mi lado desde siempre. Y en este momento, lo siento especialmente por el amor inmenso y eterno que tengo hacía mi abuelo. Eso o va a cambiar, no podría ni siquiera intentarlo. Pero él no me limpio los vomitos, ni me hizo friegas, ni me abrazo estando enfadado conmigo… y hay alguien que si lo hizo.

Es una ironía extraña, la que se genera al hacerse mayor: pasamos media vida persiguiendo determinadas formas de cariño porque creemos que aquello que realmente necesitamos tiene que llegar desde fuera, desde alguien que nos elija de una manera espectacular o desde una relación capaz de cambiarlo todo, y a veces tardamos años en comprender que una parte esencial de aquello que buscábamos, aunque sea de otra forma, ya existía en nuestras vida. El inconformismo del ser humano, incapaz de ver lo que tiene delante porque está mirando hacía lo que no tiene. Supongo que en esa búsqueda también interviene el ego, porque el ego disfruta especialmente con lo difícil, con aquello que cuesta conseguir, con las personas que debemos convencer, recuperar o conquistar. En cambio, lo seguro se vuelve invisible e insignificante. Lo que siempre está deja de producir urgencia y, por tanto, deja de reclamar nuestra atención.

Estoy agradecida de mi camino, de ser capaz de darme cuenta de que he otorgado un valor enorme a algunas personas que quizá ocuparon un espacio mucho menor en mi historia del que yo misma quise concederles, mientras que una de las personas que más ha influido en quién soy nunca necesitó demostrarme nada. Ella estaba antes de muchas de esas historias y siguió estando después de ellas. Conoció mis versiones más luminosas y también aquellas de las que una no habla demasiado. Ha sabido recordarme quién era cuando yo misma estaba perdida, ha visto mis contradicciones, mis errores, mis obsesiones, mis decisiones absurdas, mis etapas de fortaleza y mis momentos de absoluto agotamiento, y nunca necesitó idealizarme para quererme.

Tal vez por eso me duele reconocer que yo no siempre he sabido hacer lo mismo por ella. A pesar de haber estado siempre ahí, haberla apoyado y querido, no tiene nada que ver con lo que yo he hecho ni con comparar esfuerzos, sino con como he valorado yo su presencia. Aunque lo sentía, seguramente no lo he transmitido. Ahora vuelve a estar presente, como tantas otras veces, e inevitablemente me pregunto cuántas veces ella necesitó algo de mí mientras yo estaba demasiado ocupada intentando sostener al resto del mundo. Es una contradicción incómoda para alguien que se dedica precisamente a cuidar, acompañar, escuchar, entender y tratar de ayudar a otras personas. La terapeuta, la nutricionista, la mujer que tantas veces tiene una reflexión para quienes atraviesan momentos difíciles, puede descubrir de repente que ha sido bastante más torpe dentro de su propia casa de lo que le gustaría admitir.

No me interesa esconder esa contradicción porque precisamente esto puede ayudar a aquellos que me están leyendo a verse reflejados en mí. Podemos ser excelentes humano y profesionales, sin embargo, equivocarnos al mismo tiempo con muchas cosas; podemos tener una enorme capacidad para escuchar a personas que apenas conocemos y no darnos cuenta de que alguien muy cercano lleva tiempo necesitando nuestra atención. Podemos hablar de presencia, de conciencia y de cuidado y, aun así, olvidar aplicarlos en nuestro círculo más íntimo. La vida no nos convierte en coherentes por acumulación de conocimiento. Saber mucho sobre emociones no garantiza saber querer siempre bien y, probablemente, una de las formas más honestas de crecer consiste en aceptar que también podemos fallar en aquello que creemos dominar. Y estoy segura de que este error lo he cometido con otras personas, cuando pones toda tu energía e hiperfoco en algo, descuidas cosas importantes sin darte cuenta.

Para ti, que me estás leyendo, no confundas ni idealices una relación perfecta. Entre mi hermana y yo ha habido muchos momentos altos y bajos, internos y externos a nuestra relación de hermanas pero que debíamos atravesar juntas. Hemos sido hermanas en el sentido más completo de la palabra, con discusiones, enfados, caracteres abolutamente distintos, las antípodas una de la otra, y momentos en los que probablemente nos habríamos lanzado una a la otra por la ventana. Nos hemos tirado de los pelos, hemos tenido nuestras batallas y hemos atravesado etapas distintas, pero hay algo que siempre ha permanecido intacto y que hoy considero uno de los regalos más bonitos de nuestra relación: tenemos una raíz idéntica, la lealtad y el amor por encima de todo, nunca nos hemos envidiado ni hemos rivalizado. Jamás hemos sentido que la luz de una, apagara la de la otra.  

Yo me he sentido, y siento, orgullosa de la humana que es, y yo he sentido lo mismo de ella hacía mí, incluso cuando nuestras vidas tomaban caminos completamente distintos,  con los años he comprendido que no todas las relaciones entre hermanas poseen esa libertad.

Poder alegrarte del crecimiento de alguien a quien conoces desde niña, celebrar sus logros sin compararlos con los tuyos y verla avanzar sin sentir que eso te resta nada es también una forma extraordinaria de amor. Puede parecer algo sencillo, pero no lo es. Tras muchos años en consulta, me he dado cuenta de lo vacío que está el mundo de valores y de amor. Muchas relaciones terminan contaminadas por la comparación, la competencia o una rivalidad silenciosa que aparece cuando uno de los dos empieza a brillar. Son cosas que no valoras cuando las tiene, pero son muy poco comunes.

Y después de una hora escribiendo y con una montaña de trabajo… me alegro de haber dedicado este tiempo a algo tan valioso y a tomar conciencia. Hay tantas cosas que escribo, algunas las veis, la mayoría están guardadas, pero todas ella me ayudan a llorar mis miedos, me ponen de frente con mis errores, me devuelven a la vida real. Hoy necesitaba escribir todo esto. No como una disculpa, sino como un reconocimiento, no es necesario decir más, entre nosotras hay cosas que siempre se han entendido sin necesidad de palabras.

Os diré algo, es fácil convertir en extraordinario a quien solo conoces en determinados contextos, a quien aparece cuando todo está ordenado o a quien puede marcharse antes de ver tus partes más incómodas. Mucho más difícil es amar a alguien cuando has convivido con su historia completa, cuando sabes exactamente dónde están sus heridas, sus defectos y sus zonas oscuras y, aun así, decides seguir mirando también todo lo bueno que existe en esa persona.  

Se necesita vivir y equivocarse, sin perder la noción de la realidad, de que cada uno aprende a su ritmo y vive su vida desde sus ojos. Después de suficientes golpes, empiezas a comprender la enorme diferencia entre alguien que te quiere y alguien que te acepta y se moldea para ayudarte.

Hacerse mayor tiene mucho menos que ver con la edad de lo que pensamos. Para mí empieza a parecerse más a esta clase de momentos, a esos días en los que revisas tu propia historia y descubres que algunos personajes principales estaban equivocados y algunos secundarios habían sostenido casi toda la trama. Te das cuenta de que aquello que parecía pequeño era fundamental, que ciertos amores silenciosos pesaban mucho más que otras cosas.

Por eso hoy no quiero escribir desde la nutrición, la psicología, el Ayurveda ni ninguna de las parcelas desde las que normalmente intento aportar algo a los demás. Hoy no tengo ninguna enseñanza preparada ni pretendo convertir esto en una lección.

Tal vez este texto no cambie nada para quien lo lea, pero quizá haga que alguien piense en una persona a la que hace demasiado tiempo que no agradece nada porque se acostumbró a su presencia. Quizá recuerde a una madre, a un amigo, a una pareja, a un hermano o a esa persona que siempre aparece sin exigir reconocimiento. Quizá le haga preguntarse cuántas veces buscó lejos aquello que ya estaba ocurriendo muy cerca. A veces pasamos años convencidos de que nos falta amor cuando en realidad lo que nos falta es aprender a reconocer las formas en las que ya lo estamos recibiendo.

Mi hermana ha sido hogar muchas veces sin que yo supiera llamarlo así. Ha sido refugio sin presentarse como salvadora, ha estado a mi lado sin exigirme que fuese la versión de mí que ella habría preferido y ha sabido cogerme de la mano incluso después de verme caminar voluntariamente hacia lugares en los que probablemente sabía que terminaría cayéndome. También ha influido en la persona que soy, en mi camino profesional, en mi manera de entender la vida. A veces no es dar las gracia, sino demostrar lo que ha significado para ti.

Y si algo quiero que quede escrito después de todo esto es que ojalá nunca volvamos a confundir la presencia constante con la obligación. Nadie tiene por qué quedarse. Nadie tiene por qué sostenernos. Nadie está obligado a gastar su tiempo, su paciencia y su energía en nosotros simplemente porque exista un vínculo. De hecho, a veces esperamos cosas de otros sin penar en el camino que están atravesando esas personas. Hay que estar presente y ver más allá, pero sobretodo, debemos aprender a demostrar lo que sentimos. Cuando alguien lo hace durante años, cuando permanece incluso después de conocer todas nuestras sombras y cuando continúa eligiéndonos sin necesidad de grandes discursos, quizá lo mínimo que podemos hacer es detenernos alguna vez, mirarlo de verdad y decirle que lo hemos visto.